A mi manera… HISTORIAS DEL CAMINO 2019

Antes de comenzar a narrar esta nueva entrada en este blog de experiencias vitales y visuales de mi vida, entrada que dedicaré a una historia desarrollada en el trascurso del Camino de Santiago entre Sarria (Lugo) y Santiago de Compostela (A Coruña) quiero decir algunas cosas.

La primera de ella es que llevo mucho tiempo sin escribir entrada alguna en este espacio puesto que mi intención es hacer una reforma muy profunda en él y todo aquello que ahora escriba luego tendrá que ser trasladado a nuestra nueva casa. El escribir de nuevo aquí ha sido como consecuencia de una reciente entrevista radiofónica en el programa «Te asombro Radio» de las manos de Ana y Antonio quienes me han animado a hacerlo de nuevo.

La segunda y (creo) más importante de las cuestiones es que espero que nadie se sienta ofendido por esta narración visual y esperpéntica. No es mi intención ser irrespetuoso aunque quizá si el ser irreverente.

Y por último decir que esta narración a pesar de estar capitulada no tiene ningún criterio de ordenación ni en el espacio ni en el tiempo. Pero es que señor@s, así lo viví yo y así se lo estoy narrando, con mi orden y mi desorden son las #historiasdelcamino2019

Capítulo primero:

Uno de los recuerdos que aún perduran de mi paso por el Camino de Santiago como caminante (no como peregrino que nunca lo fui) es el de los bancos y el valor que representan.

En ellos te sientas y aligeras las carga.

En ellos te sientas y reposas el cuerpo.

En ellos te sientas y ves pasar los peregrinos y entre ellos a algún otro caminante como fue mi caso.

En este camino eché en falta el poder parar con más reposo en los bancos para así poder escribir en la libreta las notas que ahora solo constan en mi cabeza y que poco se van volviendo livianas, pasando a transparencias que -seguro- pronto desaparecerán de ella.

Capítulo segundo:

En el Camino el tiempo se había detenido y no lo había hecho hoy, ni tampoco ayer, ni siquiera antes de ayer.

Yo pregunté a un señor el cuándo había sido, él se encogió de hombros y me contesto: «Aquí el tiempo nunca existió».

Capítulo tercero:

Lo nuestro no fue un viaje al uso, tampoco una aventura ordenada -por eso la narro en el orden en que me viene en gana-, ni tan siquiera una peregrinación a Santiago de Compostela, ya que para unos la meta era la explanada de la catedral y para otros (yo) la meta y recompensa era un arroz caldoso con bogavante -que cada uno rinda cuentas a sus motivaciones personales-.

Se nota que no me interesa la religión y sin embargo si lo hace la picaresca y la sátira que antaño movió a muchos otros hacer del camino su casa -bueno, la casa de otros a la que estos asomaban buscando refugio, calor y, por supuesto, comida con que engañar el estómago intentando matar la hambruna que toda España sostenía-, su vida, que fue pasando entre viajes de ida y otros tantos de vuelta si el entretanto y el Camino no finalizaban la misma.

Unos peregrinaban, otros caminábamos, pero todo sufríamos los kilómetros que restaban por hacer. Los ya hechos, esos, ya no pesaban.

Por ellos, por los que aún restaban por hacer, en cada paso elevado de autopista o ferrocarril la vista se me iba al infinito y en paralelo a los viales, esos que parecían decir ¡huye y motorízate!.

Capítulo cuarto:

Parecía claro de comprender; para ser «Camino» tendría que ser un camino y para ser Galicia tendría que ser verde, oscuro y misterioso.

Pero eso solo lo era la lógica de la teoría, puesto que cuando llegamos a la práctica muchas veces el método y la sintaxis cambia.

El «Camino» no sería camino y Galicia tampoco se nos iba a presentar verde, oscura y misteriosa -de esto último tampoco puedo estar seguro…-.

Capítulo quinto:

El camino ante todo era bullicio, pisadas ajenas que te preceden, pisadas ajenas que te acompañan y pisadas ajenas que te suceden. Cada una de estas pisadas va erguida en tu cuerpo y cada cuerpo tiene su alma y su boca.

Por ello en ocasiones añoras la soledad, el caminar solo, el silencio, la inmovilidad del entorno y hasta el orinar a favor del viento. Y es en ese momento cuando decides apartarte del resto, desviarte unos metros y adentrarte en parajes testigos con respuestas ciegas y mudas.

Cuando tomé esta fotografía había caminado algo más de 8 kilómetros, siempre hacia arriba y hacía algo más de 2000 pasos que había engullido, casi del trago, una «Estrella Galicia» y aún me quedaban algo más de otros 5000 pasos para sentarme frente a un par de huevos fritos, caseros, amarillos maíz, frescos y bien acompañados de abundantes patatas fritas cortadas en gruesas tiras y con no menos abundantes lonchas de lacón de la tierra. Para ello tuve que acompañarme de varias estrellas más, no cabe duda que estos astros a los que me refiero no eran de la constelación de Orión ni tampoco la Osa Polar que me guiase, sino de la mejor de las constelaciones: «Estrella Galicia» que guía en el firmamento de mis tripas y con su brújula en marcha tomaron el timón, el motor y las riendas de mi cuerpo tras la comida.

De ese día también recuerdo un ciego que no veía pero que adivinaba de donde venías y que tenía mejor o peor acierto según palpase más o menos monedas…

De cuanto estoy narrando en este momento he de decir que lo acompañé con música de Raphael, de Rocío Jurado y León Benavente. Que ya llevaba 2 días en el Camino y que aún no había ardido por combustión espontánea como amenazan que arderemos al pisar suelo sagrado aquellos que somos pasivos, incrédulos, pícaros y sátiros.

Capítulo sexto:

En el camino me encontré con muchas señales y muchos indicadores de dirección. Algunas eran claras y otras daban lugar a la confusión -y ya bastante confundido me encontraba yo, un «hereje» dentro de una senda de peregrinación-.

También pude comprobar que por hacer tantas versiones del Camino como intereses económicos se cruzaran en él, las señales tenían el poder de arrastrarte como si fueran los puntos de corte de un recortable infantil. Tú solo has de ponerte junto a una de ellas, levantar un poco la cabeza hasta vislumbrar la siguiente, dirigirte a ella y una vez allí volver a repetir la operación una y otra vez, casi de modo indefinido a lo largo del camino para de ese modo nunca salirte del rumbo establecido.

Lo único que diferenciaba unas señales de otras eran los adornos artísticos con los que peregrinos y caminantes -como yo- íbamos customizando la estampa, convirtiendo de este modo cada señal en una huella dactilar irrepetible de este Camino -¿o debo decir camino?-.

Capítulo séptimo:

Llegó un momento en el que ya solo veía flechas.

Flechas indicadoras de dirección que convertían mis pasos en los pasos de un autómata dirigido por control remoto y que tan solo cambiaba de dirección si la señal eléctrica de la baliza convertida en sock de impulso así me lo indicaba.

Flechas y más flechas,…, también flechas.

En este momento llegué a odiar el Camino.

Capítulo octavo:

Y si las flechas, lejos de guiar mi conciencia, consiguieron perderme en el inframundo de la obviedad, del automatismo y del uso racional de un cerebro plano, tras ellas llegaban los mensajes dirigidos solo en un sentido táctico, el sentido obligado del Camino.

Pero yo solo atendía a un mensaje y éste no llegaba del camino, sino de lo más profundo de mí. Mensaje que llegaba desde lo hondo de mis tripas -ya he dicho que era un caminante, sátiro y hereje-, y que este mensaje una y otra vez me recordaba: ¡cojones, tengo hambre!…

Capítulo noveno:

Flechas, mensajes, pautas del Camino, ufff… Demasiados estímulos pre-diseñados intentando que olvidaras pensar en la caminata.

Cerré los ojos, levanté la cara al viento con el afán de olisquear una salida y así fue como encontré mi rumbo.

Estaba claro, ni flechas, ni mensajes. Las señales intuitivas también mostraban otros caminos y a ellos me dirigía…

Capítulo décimo:

La necesidad de descansar se convertía en algo imperativo al acabar cada jornada.

Lo he dicho otras veces; NO SOY UN PEREGRINO, sino un caminante hereje, ateo y más pícaro que el perro del Lazarillo de Tormes. Así que como norma general y más importante de todas me impuse la de huir de lugares de credo y albergues en donde se juntasen las gentes de bien y de credo a descansar y efluvíar los más diversos e intensos aromas de cofradía de caminantes.

Lo mío era más el estilo «resort gran vacaciones» como de los que doy buena cuenta en las imágenes que acompañan con su grafismo este capítulo.

Ohh, por la barbas de la Purísima os juro que al llegar la noche este narrador dormía como zagal entre pechos de ama de cría pasiega… ¡y no quiero dar más detalles de ello!.

Capítulo décimo primero:

Lo de caminar tranquilo, caminar despacio fue algo que me tomé al pie de la letra. Todos aquellos que me encontraba me rebasaban y no por ello me animaba a acelerar el paso y gozar del ritmo en compañía de otros.

Total yo iba a mi ritmo, caminaba a mi paso y tan pronto lo hacía por la derecha del camino como por la izquierda o el centro. El camino tiene sentido de la marcha -que alguna vez se contradice por aquellos que regresan- pero lo que no tiene es la obligación de caminar a un lado u otro.

Ancha es Castilla y más largo León, pero los vaivenes de Galicia tampoco se quedan atrás.

Capítulo décimo segundo:

Los que no llegaron también tienen sitio en el Camino, no seré frívolo en este capítulo, pero si les rendiré un homenaje.

!Por ellos!

Capítulo décimo tercero:

Y no es porque estemos en el capítulo 13, pero ¡lo llamaban cruces! y conforme el Camino avanzaba las iba encontrando con mayor frecuencia y bajo distintos formatos y ornamentaciones.

En ocasiones eran de piedra, dispuestas a orilla del camino como espantapájaros que te miran de reojo y a la que pasas por su lado te dan una colleja. En otros momentos eran de quebradizas ramas de árbol presentadas en las superficies más inverosímiles, formando estampas variopintas que desde mi punto de vista parecían el estar suspendidas sobre el infinito.

Pero que quieren que les diga, el caminar siempre me dio hambre y en cuanto llevaba un par de leguas de trote en el camino, esto que llamaban cruces, a mí más que nada se me asemejaban a espetos desprovistos de sus humeantes, bien olientes y sabrosas sardinas que ojalá en ese momento pudiese haberme llevado al hocico.

Y así, cada vez que me encontraba con una, al verla ya desprovista de lo que soñaba fuese tan loado manjar, levantaba la nariz al aíre, inspiraba profundo y aceleraba el paso con la única intención del que ojalá en la próxima llegara a tiempo antes de ser esquilmada de la imaginaria sardina.

Sueños y hambres al parecer iban de la mano, puesto que atrás lo dije, en este caminar el hambre y el sueño fueron siempre compañeros de andadura… y vayan ustedes a saber si yo no se lo cuento primeros si en algún momento se cumplieron los sueños y sacié el hambre, si dejé el hambre en algún rincón del camino y por tanto cumplí el sueño o si como dijo el escritor «los sueños, sueños son» y el hambre hizo que me comiera a mí mismo y acabase el camino como un mutilado ego canibalizado.

Capítulo décimo cuarto:

Me he perdido en el Camino yendo de un lado para otro buscando la senda…

El caso es que ya llevo muchas jornadas en este camino y lejos de centrarme me descentro y voy de aquí para allá sin encontrar el rumbo correcto.

Hoy por fin he vuelto a (re)encontrarme con personas en la vereda y las siento caminar más deprisa que en otras jornadas lo que me da el palpito de que algo bueno puede esperarme al final de esta caminata.

Sigo soñando con llenar la tripa en un festín de mariscos y carnes…, en fin, seguiré caminando y que sea la fortuna la que provea al final de esta jornada.

Capítulo décimo quinto: LA LLEGADA

Parece que la etapa concluía con el final de un viaje. Tras la cuesta de la secuencia anterior se escondía a lo lejos -unas 3 leguas aproximadamente- una ciudad llamada Santiago de Compostela, que alberga una gran explanada conocida como Plaza del Obradoiro y allí a donde, tras adentrarme tras los peregrinos por grandes avenidas y cruzar un barrio de estrechas y antiquísimas callejuelas que se me antojan cargadas de historias, hemos llegado.

La mayoría al llegar se abraza con quienes se acompañan, otros gritan de júbilo, alzan los brazos al cielo y despojan de sus mochilas. Otros que ya han llegado primero yacen en el suelo o apoyan su espalda contra los muros de piedra. Incluso, y lo juro por Snnopy, las braguitas de Mafalda y sino que se muera el cantante de los Hombres G, he visto a 2 ó 3 peregrinos en estado de levitación levantando sus pies del suelo un palmo mientras mantenían los brazos en cruz como si estuvieran poseídos por el espíritu de Chimo Bayo en los mejores momentos del tecno-bakalao en la Barraka.

En esta plaza se adivina el final y mientras ríen, cantan y oran yo me hago dos preguntas: ¿y ahora qué? y ¿cuándo se come aquí?.

Y con esto acabo la narración de este viaje hecho sin pies ni cabeza, o quizás hecho con muchos pies y una cabeza muy grande en la que no hubo forma de meter un Camino, pero si hacer camino.

BONUS FINAL: PRESENTACIÓN DEL NARRADOR

Aquí estoy yo dispuesto a presentarme como tal y mostraros de que soy el narrador de esta disparatada historia de caminantes y peregrinos a lo largo del Camino.

Aquí comenzó mi historia cuando el hasta entonces mi amo me dejó a las puertas del lugar en donde entró a desayunar y se olvidó de mí.

Tras una larga espera decidí iniciarme en la aventura siguiendo los pasos de otros y pensando que quizás con ellos encontrase calor, comida y nuevo amo. Siempre lo dije: No soy un peregrino, sino un caminante, ateo, hereje, con más pulgas que el perro de Don Quijote y más escuela que el perro del Lazarillo de Tormes.

Espero no haberos molestado mucho en este atípico viaje en el que seguro os habré ladrado e incluso robado el bocadillo. Pero hacedme caso cuando os aseguro que todo esto solo lo hice por el bien de mi estomago y de vuestras conciencias y es aquí en donde os digo que ¡colorín colorado éste cuento se ha acabado!.

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